lunes, enero 12, 2009

23 de Diciembre

Una vez más, como cada 23 de diciembre, las ocho personas más tristes del mundo se reunían para cenar. Algunos de ellos lo perdieron todo y otros nunca tuvieron nada. Sin embargo, ninguna de sus historias se acercaba siquiera a la del hombre que presidía la mesa cada 23 de diciembre…

Cada año, uno de los comensales contaba su desgracia durante la cena. No había nada que lo prohibiese, pero no se escuchaban otras palabras. Ninguno sabía muy bien cómo había acabado asistiendo a esas reuniones. Simplemente, un 23 de diciembre sintieron la necesidad de salir de casa y dirigirse al lugar de la cena, sentarse y escuchar. Cada miembro había llegado cuando otro no pudo asistir, bien por haber muerto, bien por ser feliz. Excepto el presidente de la mesa. Era un hombre de gestos y mirada tranquilas. Sus ojos tenían cierto brillo y de vez en cuando sonreía. Sin embargo, cualquiera que le hubiese mirado habría dicho sin dudarlo que era el hombre más triste del mundo.

Asistió a su primera cena el 23 de diciembre de 1987. Entonces no presidió la mesa, pero, con el paso de los años, se fue quedando solo. En 1999 ninguno de los asistentes a la cena tenía más antigüedad que él. Y este año le tocaba, de nuevo, contar su historia. Sólo la había contado en tres ocasiones, pero parecía que la recitase cada día. Sabía cuándo hacer las pausas y en ningún momento balbuceaba, a pesar de un leve temblor en sus labios. Tal vez para hacerla más soportable, la contaba en tercera persona, como si fuese ajeno a la historia de la persona más triste del mundo.

Él y ella habían descubierto que se querían hacía relativamente poco. A veces discutían y otras sólo sabían decirse te quiero. Sin embargo, ya sabían que se necesitaban el uno al otro para vivir.
Ella había tenido que irse un tiempo y él iba a visitarla regularmente. Cuando no podían hacerlo, hablaban. Él notó que, al echarle de menos, ella le decía más veces que le quería y, en parte, se alegró de que se hubiese marchado.
Una noche de despedida se hacían el amor y él vio como una lágrima se mezclaba con el sudor de su pecho. “Lloras”, dijo. “Es porque te voy a echar de menos”. Él supo que ella mentía. “Yo también”, dijo mientras la abrazaba.
Cuando ella le llamó por su nombre se dio cuenta de lo especial que era escucharlo saliendo de su boca. Lo hacía inconscientemente, pero se esforzaba en que cada sílaba expresase lo que sentía al pensar en él. “¿Si?”, dijo él. “Te voy a echar de menos”. Esta vez cayeron tres lágrimas, tan rápido que casi parecieron una.
“Dímelo. Qué pasa.” Los ojos de él se inundaron de lágrimas al ver los de ella. Sintió como le abrazaba y la abrazó todo lo fuerte que pudo. Recordó que había sido ella quien le enseñó a abrazar. Al escucharla susurrar se estremeció. Nunca mentía entre susurros.
“Mañana te vas a morir. Mañana te vas a morir y yo no podré soportarlo.” No supo qué responder hasta que no le dio una explicación entrecortada por sus lloros.
“Hoy no es hoy ni mañana será mañana. Hoy es hace siete años. Hace siete años viniste a verme y, cuando te fuiste el autobús que te llevaba al aeropuerto tuvo un accidente. Al principio lo que más me dolía era eso, que murieras en el autobús y no el avión, porque ya sabes el miedo que me dan los aviones, y me parecía tonto. Luego asumí que te habías ido y no quería vivir. Tampoco morir, porque no me atrevía. Decidí no moverme. Me senté en el suelo y esperé a que pasase el tiempo. No sé cuánto tiempo llevaba cuando apareció. No sé si era un genio, un ángel o una alucinación. Me dijo que no podía soportar mi tristeza y que me permitiría verte una vez al año. Que podría repetir este fin de semana que estoy contigo, con una sola condición: Si un año no venía te perdería para siempre. No podría volver y no podría recordarte.”
Tras un largo silencio, él comprendió lo que pasaba. Ella no iba a volver al año siguiente. “No te preocupes”, le dijo. “Lo comprendo”. “No es que no te quiera, mi amor”, comenzaba a explicarse ella. Aunque era innecesario, pues él sabía perfectamente lo que iba a decir, la dejó continuar porque quería escuchar su voz. “Es sólo que no puedo perderte una vez más.”
Esa noche no durmieron. Él había tenido una idea. “No me olvidarás. Escribiré nuestra historia y podrás recordarla siempre que quieras”. Juntos resumieron cada día que habían pasado juntos y ella, por fin, se sintió aliviada. Dejaron plasmado cada momento que habían pasado juntos mediante recuerdos, lágrimas y palabras.
Al día siguiente él se subió en el autobús. No tenía miedo, pero estaba algo impaciente. Llegaron al aeropuerto ante su perplejidad. Subió al avión y llegó a su ciudad. Dos meses después, el 23 de diciembre, asistió por primera vez a la cena.

Todos guardaron silencio. Sólo lloró él. Al fin y al cabo, aunque su historia fuese triste, las de los demás comensales también y tenían que ahorrar sus lágrimas.

Palace divagó sobre esto a las 11:43 p. m..

domingo, mayo 04, 2008

Julia

Julia quiso volar y ser azafata. “Quiero volar, mamá”, decía. Y mamá reía y cantaba y lloraba.

Julia estudió idiomas, modales y primeros auxilios. Tuvo un novio francés y otro que se fue a la guerra y no volvió. Luego llegó él, que era tonto, pero también un manitas.

Julia quiso volar y ser azafata, pero tuvo un novio francés, otro que se fue y no volvió y del tonto nacieron Ella y Ella.

Julia trabajaba en el Ministerio. No sabía cuál era, pero le daba vergüenza preguntar. Llevaba demasiado tiempo trabajando allí como para preguntarlo ahora. De hecho, no recordaba haber hecho otra cosa que no fuera trabajar en el Ministerio. A veces reía y lo llamaba el Minimisterio, pero no mucho, porque sabía que no tenía gracia.

Todas las mañanas Julia besaba a Ella la pequeña y se iba a trabajar, pero a veces se enfadaban, porque Ella era cabezona y Julia más. Esas mañanas se besaban, pero menos, porque sabían que no se querían tanto. Luego, por la tarde, volvían a besarse y lloraban, porque habían sido tontas y orgullosas y se querían más, para compensar lo que no se habían querido esa mañana. Julia no besaba a Ella la mayor porque se había ido a vivir al Sur, que es donde viven los pintores, porque los colores se secan antes.

Julia soñó un martes con el francés, pero no se acordó hasta el viernes, cuando hacía el amor con el Nuevo (porque Tonto se fue y llegó él, el Nuevo).

Julia quiso volar y ser azafata, pero le encantaba pintar. Una vez pintó un huevo que parecía un cono y lo llamó el huono. Se rió, pero porque sabía que eso tampoco tenía gracia.

Julia quiso volar y ser azafata, pero era malísima con los chistes.

Julia fue muy pobre de joven, pero era feliz porque le encantaba la palabra paupérrimo. Julia fue muy pobre de joven y no tenía dinero para un espejo y se olvidó del color de su pelo.

Julia quiso volar y ser azafata, pero despertó siendo demasiado vieja. Julia odió la palabra demasiado, porque era mucho, pero malo. Y Julia nunca había odiado a nada ni a nadie, ni siquiera al Tonto, que era tonto.

Julia despertó demasiado vieja y decidió que entonces sólo volaría y pensó que es muy tonto querer ser azafata, porque lo único que hacen es andar por un pasillo.


Palace divagó sobre esto a las 3:31 p. m..

jueves, noviembre 29, 2007

Cuento en cinco minutos (Paréntesis y aniversario)


Alejandro Mendoza no podía dormir. Por ello, creía, apenas guardaba recuerdos ya. “No me caben más”, pensaba. No sabía qué había comido o cenado en las últimas semanas, ni recordaba la música que sabía que había escuchado. Creía haber corrido, nadado, saltado y hecho el amor. Tenía el vago recuerdo de haber apagado un fuego y volado en helicóptero, pero no sabía siquiera si todo había sucedido el mismo día, mes o año.

Harto de esta situación, decidió hacer algo. De camino a la biblioteca, donde esperaba encontrar respuestas, visitó a un panadero y dos zapaterías donde vendían canoas a muy buen precio.

Dentro de la biblioteca, un enorme edificio de color morado, no sabía por qué sección empezar: Historia de los cinturones, Cinturones de la historia, Ciencia, religión y cinturones… Abrumado cogió un libro al azar. Al abrirlo, comprendió todo.

A la mañana siguiente, mientras soplaba un fresco viento otoñal, Alejandro Mendoza le decía a su mejor amigo que la noche anterior había soñado que no podía dormir.





El primer día de clase nos mandaron escribir un cuento en cinco minutos. Quería publicar otra historia, pero soy un vago.


Tras cuatro años, supongo que ya os habríais dado cuenta.


Gracias por leerme.


Palace divagó sobre esto a las 8:40 p. m..

Nombre: Palace
Edad: 22
Mas sobre mi: No hay mucho mas que saber