lunes, noviembre 29, 2004

Déjame pintar tus sueños

Déjame pintar tus sueños
Déjame pintar tus emociones
Déjame pintar tus sueños
Déjame vivir en tus pasiones

Déjame pintar tus sueños,
Déjame,
Déjame a mí.
Déjame pintar tus sueños,
Déjame,
Déjame ser parte de ti.

Déjame que yo los pinte,
Déjame que nada falte.
Déjame pintarlos,
Déjame y tenlos.
Déjame pintar tus sueños.

Manuel del Palacio




Repasó el último escrito. Era triste. Como todos. No sabía porqué, pero todos le estaban saliendo tristes. ¿Sería por amor? ¿Podía sentirlo? Creía que no, pero últimamente no podía negar que si. Pensaba que le estaba prohibido, o que simplemente no podía, pero desde hacía tiempo sabía que había estado equivocado, que podía sentirlo. No podía sentir nada más que amor. No tenía sentido, ¿pero qué lo tenía? No sabía cuánto tiempo llevaba allí ¿siglos? ¿eones? ¿horas? Sólo sabía que tenía que escribir. Escribir era casi todo lo que hacía. Nunca había llegado a entender muy bien el proceso. Conocía una vida y escribía sobre ella. No escribía cosas normales. Escribía sueños.

Vanamente trató de recordar algo de su vida, pero no pudo. Sabía que nunca recordaría más que una figura que ya le era desconocida escribiendo. ¿Cómo sería? Nunca se había visto. O tal vez si y no lo recordaba. No había certezas en su vida. Ni siquira era seguro que eso que sentía fuese amor. Amor... Lo había conocido tantas veces a través de las vidas de las personas, pero nunca en él. Sería mejor pasar a la siguiente vida. Cuanto antes lo hiciera antes encontraría la vida de esa persona que, por primera vez, le hacía preguntarse tantas cosas. ¿Por primera vez?

Conocía esa vida. Estaba relacionada con la única que le importaba. Con la única que siempre tenía los más bellos sueños. Muchas veces repasando una encontraba la otra. Esta vez tampoco fue una excepción, excepto por un detalle.

Hasta muerta era preciosa. Sus rasgos eran cálidos. Había visto muchas muertes, a lo largo de su ¿vida?, pero ninguna le afectó como esta.

Bajó la mirada hacia su pluma, su única compañera. ¿Podría morir? Tal vez ya había muerto. Sabía cómo morían las personas, pero no sabía si él era una. Empuñó la pluma y la dirigió con fuerza a su corazón. Sintió lo que supuso dolor. No le costó reconocer la sangre. Lo más parecido que había sentido era la tinta. Se dio cuenta de que era cálida. También lo eran esas gotas que se mezclaban con ella tras resbalar por su desconocida cara. Dejó de ver mientras un último pensamiento recorrió su mente. Por primera vez era una certeza absoluta: Había sentido el amor.

Al día siguiente ninguna persona reparó en ello, pero había sucedido algo excepcional, algo que nunca había ocurrido: La noche anterior nadie había soñado.


Bueno, ya está. Un año. Cuesta creer que haya mantenido el blog tanto tiempo. Supongo que durará bastante más, pero quién sabe. Lo único seguro es que no volveré a tratar mi vida aquí (no de forma directa, al menos). Tampoco sé si me animaré a hacer el mismo tipo de textos que hacía en Xabier Mendoza Presents (la negrita es un guiño, claro). Tampoco me quiero poner melancólico. Hasta la próxima actualización.

PD: El del poema es mi bisabuelo o tatarabuelo. Tiene hasta una calle en Madrid, con busto y todo.

Palace divagó sobre esto a las 7:11 p. m..

lunes, noviembre 22, 2004

Érase una vez

Érase una vez una princesa que vivía en un lejano reino. Era una de esas princesas hijas de un magnánimo Rey muy querido por todos que, al nacer, recibió regalos de todos los habitantes de la zona. Entre esos regalos destacaban los de el mago de la corte, que quiso regalar a la princesa dos estrellas gemelas que consiguió en uno de sus innumerables viajes al lejano Oriente para que formasen los más bellos ojos jamás habidos. Unos ojos que eran verdes y azules y a la vez ni verdes ni azules. El otro regalo fue un rayo de Sol caído a un lago que posteriormente se convirtió en un glaciar congelándolo. Este regalo hizo que la princesa tuviese la más cálida de las sonrisas, a la vez que la más bella.
La princesa pronto se convirtió en una bella joven de la que se enamoró un pobre trovador...

Ese podría ser el comienzo de su historia. Pensó en el trovador y sonrió. Muchas veces se había considerado un simple trovador encerrado en el cuerpo de un paupérrimo escritor del siglo XXI. Dejó el bolígrafo y se rellenó la copa. ¿Cuántas había tomado ya? ¿Cuántas había tomado desde que la perdió? Al menos tenía la certeza de que no tomaría más, así que trató de saborearla.

Mientras revisaba la cuerda y los nudos pensó en ella. Su princesa. ¿Porqué tenía que haberla perdido? Él la seguía queriendo y estaba seguro de que ella a él también, a pesar de la distancia. Pero un maldito ogro se había interpuesto entre la princesa y el trovador y ahora no podía tenerla. En el cuento que nunca acabaría el trovador lucharía por ella y la acabaría salvando porque los cuentos tienen final feliz. Por desgracia la vida no es un cuento. No lucharía por ella y jamás la salvaría. No después de haber tomado esa decisión.

Apretó el último nudo y suspiró. La cuerda le raspaba el cuello y las manos. Se dio cuenta de que lloraba. ¿Acaso no estaba seguro? No quería volver a pensarlo. Cerró los ojos y tiró el taburete. El apretón dolió mucho más de lo que esperaba. Se dio cuenta de que forcejeaba. ¿Instinto o ganas de vivir? La cuerda le hacía mucho daño. Empezó a convulsionarse con fuerza. Sabía que apenas le quedaban 15 segundos de vida y la perspectiva le hizo sonreir y llorar todo lo amargamente que le permitía el estar ahogándose. Casi no distinguía los objetos del cuarto y no sabía si era por las lágrimas. De pronto distinguió algo que no estaba allí. Una cara. La cara de una princesa que sonreía con un cegador rayo de Sol. Quiso vivir.

Notó un golpe muy fuerte. ¿Qué había pasado? Apenas podía enfocar la vista sobre la viga de madera rota. Tras quitarse la cuerda del cuello intentó recuperar el aliento. Trató de levantarse, pero volvió a caer. Le dolía respirar, pero le encantaba poder hacerlo. Cuando consiguió ponerse en pie se miró en un espejo. Le quedaría una buena marca en el cuello. Tampoco importaba.

Mientras marcaba un número en el teléfono se preguntaba si habría algún motivo para que no hubiera muerto. Hacía tiempo que no creía en Dios, pero supuso que era inevitable ponerse místico en una situación así.

- ¿Si?

La voz que tantas veces había oído actuó como por arte de magia sobre su cuello aliviándole todo dolor. Ya sabía porqué no había muerto.

- Hola princesa.

El oir su nombre pronunciado por la voz que antes había sanado su cuello le hizo estar seguro del porqué de su salvación. No había muerto porque tenía una princesa que rescatar, y los cuentos han de tener un final feliz.



Palace divagó sobre esto a las 5:48 p. m..

lunes, noviembre 15, 2004

Observar e inventar

A veces, cuando miro a las personas les invento vidas. Normalmente me guío por su apariencia, pero otras veces no. Con estos últimos me suelo esmerar más. No suelo dibujar vias enteras, sino que me limito a los trazos más importantes. Suelen ser trazos amargos, duros. En el fondo creo que estos son los que más nos marcan y los que más fáciles son de observar, a pesar de que los creamos ocultos.
La única regla que me impongo es no seguir con una vida una vez haya perdido de vista a la persona, por lo que si una vida me está gustando particularmente intento seguir al modelo. En esos casos doy más trazos, atreviéndome incluso a enlazar unos con otros.
Me suelo preguntar, cuando mi modelo desaparece, si le gustaría vivir la vida que le he dibujado o si ésta se parece a la que está viviendo. Me gustaría poder ofrecerle cambiar su vida por la que le ofrezco. Tal vez nadie aceptaría, pues no somos propensos a los cambios. Tal vez alguien lo hiciera. Cambiar una vida por otra completamente nueva. Puede sonar raro, pero creo que tiene algo de sentido. Muchas personas se negarían inmediatamente si alguien les ofreciese otra vida, pero ¿quién sabe? No tiene porqé ser tan malo. Una nueva vida inventada por un desconocido. Ni mejor ni peor, simplemente diferente.


No es mucho más que una reflexión. Es verdad que invento vidas, si bien nunca me había planteado el regalarlas. Simplemente de repente he pensado en un personaje que lo hiciera, que regalase vidas. Un hombre más mayor que joven, curtido y serio. Un hombre que ya no sintiese, si bien en algún momento lo hizo. Sus grises ojos no tendrían brillo ni su mirada expresión. Parecería herido por una pérdida, tal vez la de su antigua vida. Las manos le temblarían al trazar las vidas en un desgastado cuaderno, pero sólo haciendo esto sus ojos brillarían, como si recordasen su anterior vida. Sería delgado y meticuloso. Nunca andaría con prisa ni levantaría su vista del suelo.

Si se acercase a vosotros con un esbozo en un papel amarillento ¿qué le diríais?

Palace divagó sobre esto a las 6:42 p. m..

domingo, noviembre 07, 2004

El desván

-"¿Cariño estás recogiendo?"
-"Eh... si, si. Estoy en el desván con mis trastos."

Se dio cuenta de que mentía mucho. No mentiras grandes, sino tonterías. De hecho esta ni siquiera la considerarían mentira muchas personas. A fin de cuentas estaba recogiendo hasta hacía escasos minutos. Tal vez no tan escasos. De todas formas era algo normal hacer un pequeño descanso al encontrar el baúl de las fotos. Todo el mundo detenía cualquier actividad al encontrar unas fotos antiguas. Entonces acercaban cuidadosamente las fotos a sus ojos y las miraban con nostalgia. Con una media sonrisa de felicidad. Sabía que había gente que incluso las besaba. Como él. Sintió que besar una foto era engañar en cierto modo a esa persona que tan amablemente le gritaba que recogiese, pero tampoco se iba a enterar. Volvió a dejar la foto con las demás. Se tumbó en el polvoriento suelo del desván, entre trofeos, muebles y cajas llenas de tesoros. Había algunas con objetos que no reconocía, pero sabía que si estaban allí era porque alguna vez habían significado mucho para él. Tal vez hubiesen sido veloces caballos, tal vez peligrosos arcos, tal vez simplemente palos que entraron algún día por la pequeña ventana que iluminaba la habitación haciendo visibles las partículas de polvo. Pero estaban en la caja y eso las hacía parte de su vida. Una parte importante. Cerró los ojos.

Hacía frío, pero no le importaba. Era normal en Diciembre y había salido bastante preparado. Además más le valía acostumbrarse porque había llegado pronto y le tocaría esperar. Daba igual, esperaría lo que hiciese falta en las condiciones más extremas sólo por verla. Hacía más de un año que no lo hacía y tenían tantas cosas de que hablar. Tantas cosas por ver. Tantas cosas por hacer... La había prometido que le enseñaría Madrid, que la haría querer Madrid. Además tenían que buscar una playa. Ya se hizo en el 68, pero esta vez era distinto. Ellos sabían que la playa no estaba debajo de los adoquines, sino en su corazón. Tenían que reir. Joder, hacía tanto que no la veía reir. También tenían que jugar. Y hablar. Hablar largo y tendido. ¿Quién habría inventado lo de hablar largo y tendido? En fin, eso daba igual. Todo daba igual. Llegaba.

- "Voy a ir haciendo la comida".
- "¿Mh? Ah, bueno, vale, como quieras".

Cerró el baúl de las fotos. Tenía que acabar de recoger ese maldito desván. Llevaba posponiéndolo semanas, meses, tal vez hasta un año, y por fin se había puesto. Sabía que si no acababa ese día volverían a pasar meses hasta que volviese a subir. Cerró cajas y llenó bolsas. Le costaba llenar bolsas de cosas que sabía que no volvería a ver. La mitad de las cosas que entraban en una bolsa volvían a salir y se colocaban en un cajón. Por ejemplo esa medalla. No sabía de que año era y siendo de fútbol era seguro que no habría hecho méritos suficientes para ganarla. Una medalla ganada desde el banquillo. Pero no podía tirarla. Quizá en ese pequeño armario de la esquina hubiese sitio. Lo abrió y al hacerlo cayó una pulsera destrozada. En un tiempo había tenido conchas, pero ahora sólo quedaban restos de ellas. Unas bolas de plástico decoloradas formaban la bandera rasta. ¿Eran los colores de la bandera de Camerún o de la del Congo? Tal vez los de ambas. Se sentó levantando una nube de polvo. Acarició la pulsera.

Sentado en el autobús acariciaba la pulsera. Tendría que pedirle a su hermana que se la pusiese, pues él era incapaz. Seguro que le preguntaría quién se la había dado. "Alguien muy especial" sería la respuesta más adecuada. Pero no era lo único que le había dado. Tambén le había dado un beso. Su primer beso. No esperaba que se lo diera. Tenían la misma edad, pero a él no le preocupaban esas cosas. Por lo menos hasta entonces no le habían preocupado. A él le preocupaba buscar playas, reír, jugar... A ella ya no. "He madurado" le dijo. "Soy diferente". ¿Por qué? ¿Por qué tenía que cambiar? ¿Por qué ya no quería buscar la playa? Él nunca maduraría. Nunca dejaría de buscar playas. Nunca...

- "Ya está la comida, cariño".
- "Vale, ya bajo. Ya casi he acabado esto".

Guardó la pulsera de nuevo en el armario y miró la medalla. Suspirando la metió en la bolsa. Acercó la mano a la bolsa con la intención de sacarla, pero la apartó y cerró ese plástico azul que haría que no volviese a ver caballos, arcos y medallas no merecidas. Bajó como pudo cargado de cosas a las que ninguna persona les daría valor. Besó a su mujer y a su hijo. Se sorprendió viendo las páginas naranjas del periódico. Quién le iba a decir que algún día lo haría.

- "Supongo que no volveré a buscar playas."
- "¿Qué dices?"
- Nada, que huele muy bien.

Mentía mucho.


Aunque la haya escrito pensando en una persona muy especial se la quiero dedicar a Guille (Miniyo). No estás en tu mejor momento y no te lo mereces. Ya sabes, para lo que quieras. Espero que te guste.

Palace divagó sobre esto a las 7:11 p. m..

Nombre: Palace
Edad: 22
Mas sobre mi: No hay mucho mas que saber