martes, noviembre 29, 2005

Los Ojos del Valle

Hace mucho tiempo, poco después de que la tierra se volviese redonda, un pirata dominaba los mares. John Fortuny, que así se llamaba, contaba con una pequeña tripulación formada por un bravo guerrero del norte, un sabio cartógrafo italiano, un parlanchín samurai japonés y un solitario vigía. Juntos navegaban por todos los mares y océanos descubiertos y por descubrir abordando barcos y luchando contra horribles tormentas.

Fortuny fue muy famoso en su tiempo por sus aventuras. Pocos eran los que no habían oído hablar de sus constantes viajes a la tierra de los Xiuxiujeig en América, de su épica batalla naval contra Francesc el imberbe, o de su encuentro con el ejército en la taberna Cosmos en las antípodas. Pero lo que todo el mundo había escuchado, desde el más pobre mendigo al más poderoso emperador, era la historia de los Ojos del Valle

Los Ojos del Valle eran dos piedras preciosas, dos topacios del azul del que están hechos los recuerdos con una franja tan amarilla como la noche. Cuenta la leyenda que eran el recipiente de los sueños de todas las personas y que se encontraban en una cueva casi invisible en una isla sumergida. Un día, sin embargo, fueron robados por uno de los más crueles piratas de la época, Frederic el Sanguinario.

Cuando unas gaviotas le contaron a Fortuny lo que había sucedido, con enorme esfuerzo debido al gran viaje que habían hecho para encontrarle, éste decidió ir en busca de Frederic a bordo de su embarcación, el Alta Ría, el más veloz de todos los navíos.

Tras unos días que parecieron semanas pero debieron de haber sido meses, el vigía de Fortuny divisó el barco de Frederic. Se dirigieron los cinco a la sala de estrategias (también conocida como “comedor”) y se dispusieron a trazar un plan, sabiendo que todavía tenían dos horas hasta que les viera el barco enemigo, pues Timbartón, el vigía, podía ver tres horizontes más allá de lo que veía una persona normal. Finalmente, tras una breve discusión, idearon una ingeniosa estrategia digna del mismísimo Alejandro Magno. Jimmy Pallina, el cartógrafo, hizo unos cálculos de distancia, masa y fuerza y le indicó a Paredes el vikingo el momento exacto en el que tenía que lanzar una sofisticadísima arma que ellos llamaban “piedro” y que ha pasado a nuestros días como “piedra de considerables dimensiones”. Una vez impactaron el barco enemigo pusieron a Uyke No, el bocazas oriental, a remar con el contundente argumento de “te jodes por ser chino”. Una vez en el navío de Frederic cometieron algunos actos de barbarie como degollar, quemar y copiar CD’s (entonces la ley no actuaba). Después abandonaron el lugar a la misma velocidad que habían llegado (lo que no terminó de gustar a Uyke No).

Una vez llegaron a uno de los pocos puertos en que no habían puesto precio a su cabeza, Fortuny les pidió que le dejasen unos días solo (porque si no la historia no me sale seria y no es plan) y se marchó en busca de la isla hundida en la que tenían que reposar los Ojos del Valle. Tras una tediosa búsqueda dio con el lugar y antes de dejarlos los miró fijamente por primera vez. Entonces, enamorado de esos ojos, tal vez por la codicia propia de un pirata que convertía las joyas en una religión, y con lágrimas resbalando por sus mejillas les dijo “hasta pronto”.

Palace divagó sobre esto a las 5:28 p. m..

domingo, noviembre 13, 2005

Composición II

“Díselo a todos, ¿vale? Diles que no estén tristes. Que no me echen de menos y esas cosas. ¿Lo harás?”

Y por eso estoy aquí. Ya sabes cómo era. Además, sabíamos que era cuestión de tiempo. Yo por lo menos lo sabía. Desde el día en que empezó todo…

Recuerdo que estaba en mi casa, con el ordenador. Me llamó y me dijo que quedásemos, que tenía que contarme algo.

Ayer fue igual. También me llamó para vernos. Tenía otra cosa que contarme. Cuando escuché su voz, y más cuando le vi, supe que iba a ser algo de eso. Pero no pensé que fuera a ser tan directo. Me dio una bolsa y un abrazo. En la bolsa había varios juegos y discos que le había prestado. En el abrazo mucho más. Después me lo dijo, frío y duro como era él, que se iba a suicidar.

Recordé la noche esa en su casa en que nos habló de quemar iglesias. Ninguno pudo hacerle cambiar de opinión. Era cabezón.

Sólo le miré a la cara y le pregunté si estaba seguro. Supe que lo estaba cuando vi que yo lloraba más que él. Me dio otro abrazo y me lo dijo. “Díselo a todos, ¿vale?” Bueno, y todo lo demás.

Se despidió con un “adiós”. Siempre decía “hasta luego”, excepto cuando estaba mal. Cuando empezó todo, cuando me llamó y me dijo que tenía algo que contarme, cuando, sin llorar, como siempre, me dijo que tenía alzheimer, también se despidió con un “adiós”.

Y ese día supe que, tarde o temprano, llegaría ayer, llegaría hoy y llegaría uno de los primeros mañanas sin él.

Palace divagó sobre esto a las 5:14 p. m..

Nombre: Palace
Edad: 22
Mas sobre mi: No hay mucho mas que saber