domingo, marzo 26, 2006

Heraclio

Heraclio nació con una rara afección. Heraclio, desde el momento en que recibió la primera de las muchas bofetadas que le daría la vida, tuvo alergia a la letra u y a todas las cosas cuyo nombre la contuviera, menos a él mismo. Cuando lo supieron, sus padres decidieron ponerle un nombre con el que pudiera gozar de las demás vocales, por eso le llamaron como el as de oros.

Desde pequeño Heraclio se acostumbró a beber solamente leche y a bañarse con toallitas. A los dieciocho años había decidido que su palabra favorita era castaña, pero claro, a los dieciocho años Heraclio nunca había sentido las cosquillas detrás de la oreja que producen los susurros ni había sentido la infantil fascinación ante la palabra tan mágica que es libélula.

Heraclio nunca conoció el azul, y, aunque no lo admitía, estaba triste por ello. Por supuesto, tenía el verde y el rojo y no le importaba perderse el púrpura, porque pensaba que sería como el violeta; pero no soportaba tener que imaginarse el azul. Imaginaba que el color del que se hacen los sueños tenía que ser el más bonito de todos.

Heraclio supo que iba a morir el día que se enamoró. Se llamaba Úrsula y tenía los ojos azules más profundos que nadie pudiese imaginar. Heraclio comenzó a escribir para ella.

Al principio a Úrsula le pareció una persona muy agradable. Cuando, poco a poco, se fue enamorando de él, se dio cuenta de que al tenerle le mataría.

Al no tener unos, cuatros ni nueves, a Heraclio le costaba contar el tiempo, por eso no supo que, cuando se tocaron por primera vez, habían pasado 13 meses y 8 días desde que se había enamorado. Catorce minutos después de un largo abrazó había llorado al mirar sus ojos. A los dieciocho Úrsula sólo llevaba puesto su colgante de plata.

Poco después, Heraclio había muerto. Poco después, Heraclio se había convertido en el color azul, en cada susurro, en cada libélula.


Palace divagó sobre esto a las 8:42 p. m..

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