martes, agosto 29, 2006

Román

Román era un jubilado al que le gustaban las cajas de lápices de colores Alpino. Le encantaba ver todos los colores ordenados cromáticamente, del más claro al más oscuro. Le entretenía desordenar las cajas más grandes para luego ordenar los lápices de memoria.

Román conoció a Patricia el día en que decidió luchar por su horizonte.

Hacía tiempo que Patricia sólo hablaba con Soledad. Soledad era la personificación del sentimiento del mismo nombre que se había auto impuesto Patricia. Apareció en su casa cuando llevaba más de dos meses sin salir a la calle y se sentó a la mesa con total normalidad. Pronto se hicieron grandes amigas.

Patricia le contó a Soledad que se encerraba para no ver unos ojos. Un día, en el mar, le contó esa misma historia a Román.

Román vivía en una cala diminuta con su perro Luik. Luik era tan viejo que nadie sabía con certeza quién había criado a quién, y era un magnífico jugador de parchís y dominó. A nadie le extrañaba que tras tantos años viviendo juntos tuviesen largas conversaciones sobre teología, filosofía o, simplemente, fútbol. Fue él quien avisó a Román de que se llevaban su horizonte.

Esa mañana Román se había levantado tarde, pues había estado despierto hasta altas horas de la madrugada dudando cuál era la posición del azul mermelada respecto al verde lluvia de otoño en la caja de 557 colores. Corrió pausadamente como sólo las personas mayores saben hacer cuando Luik le llamó.

Al llegar a la playa observó horrorizado como unos petroleros succionaban y empaquetaban su horizonte la mañana en que su destino y el de Patricia decidieron juntarse.

Patricia, como más tarde le contó a Román y Luik ante la atenta mirada de Soledad, no pudo soportar, dos o tres meses atrás, ver los ojos de su Carnaval mirándola desde otras facciones.

Carnaval era el nombre del marinero al que seguía amando tras morir atropellado por un tranvía una mañana de mayo. Había dejado escrito que donasen sus órganos y entregasen sus cenizas a Patricia. No pudo suponer, sin embargo, que la pobre habría de enfrentarse a sus ojos bajo las grises cejas de un transeúnte extraviado el día que comenzó la gestación de Soledad.

Román sabía que poco podía hacer por su horizonte de forma legal. Estaba de moda entre las personas de dinero colgarlo en sus pasillos y salones, o incluso forrar las paredes con él para asombrar a las visitas. Pero no podía permitir que se lo quitaran. Era su horizonte. Y sabía que tenía que ser valioso algo de un color que jamás había podido ser convertido en lapicero Alpino a pesar de las millonarias inversiones que se habían destinado a ello. Y le encantaba pasarse horas viéndolo cambiar de color. Y supo que tenía que hacer algo, así que llamó a Luik y ambos subieron a su vieja barca de remos.

Patricia y Soledad hicieron lo mismo la misma mañana, pero por razones distintas: Patricia estaba cansada de sufrir encerrada. Quería desaparecer, pero sabía que no tendría valor para quitarse la poca vida que Carnaval no se había llevado con él, así que decidió remar hacia el horizonte y allí pasar a formar parte de la decoración de la casa de alguna persona adinerada. Y Soledad quiso acompañarla.

El tamaño de los petroleros extractores de horizonte sorprendió tanto a Patricia y Soledad como a Román y Luik.

Román comenzaba a creer que un serrucho y un sacacorchos no bastarían para hundir tres petroleros. Luik trataba de idear un plan para librarse de su turno de remar cuando chocaron con otro bote.

Soledad, Luik, Patricia y Román se miraron. Creyeron conocerse de toda la vida y diez minutos después conocían sus respectivas historias como si así fuera. Patricia y Soledad decidieron ayudar a Román. Su arsenal contaba ahora con un paraguas y un puñado de horquillas.

Asaltaron el primer petrolero.

Un cuarto de hora más tarde, presos y maniatados en las calderas del barco presenciaron la aparición majestuosa de Carnaval. Román vio que sus ojos cambiaban de color al mismo tiempo que el horizonte. Les desató y juntos idearon un plan. Carnaval, como magnífico marinero que era, era capaz de encontrar el punto débil de cualquier embarcación sólo con verla.

No costó demasiado acabar con las dos primeras sacacorchos y serrucho mediante, pero iba a ser más complicado y arriesgado con un paraguas forrado con horquillas tan afiladas como los mofletes de un bebé.

Mientras abordaban la cubierta del último barco, el Afortunado, vieron como los otros dos soltaban su preciosa carga de horizonte mientras un agradecido mar se los tragaba. Media hora más tarde se disponían a disfrutar del espectáculo desde sus barcas de remos. Patricia no quiso bajar.

Así, desde una distancia poco prudencial, pues sabían que el mar no les haría nada tras devolverle uno de sus más preciados bienes, Román, Luik y Soledad vieron como Carnaval y Patricia se hundían abrazados en la cubierta del Afortunado.

Hoy Román es millonario. Consiguió inventar el color horizonte mezclando todos los tonos de rojo, amarillo y azul con un poco de misterio y un chorro de cada una de las luces del día. Junto a Luik y Soledad emplea su fortuna en la conservación de las aguas de todo el mundo.


Palace divagó sobre esto a las 10:00 p. m..

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