lunes, abril 30, 2007

Cobarde

Las peores guerras son las civiles. Cuando estallan te encuentras luchando contra el vecino con el que ayer reías. No quería verme en esa situación, pero tuve que hacerlo. Mis amigos, activos políticamente, me convencieron para ir al frente y defender mi ciudad y a mi mujer. Al hijo que pronto nacería. Luchar por la libertad y la razón; contra el fascismo y la dictadura. En trincheras que olían a barro, lluvia y sangre; disparé contra muchos. Probablemente maté a varias personas y vi morir a demasiados compañeros.

Tras varios meses luchando, sabía que si vivía un día más era para poder morir al siguiente. Echaba de menos a mi familia y ya no creía en ningún ideal. Luchaba por inercia y por miedo. Al principio de la guerra admiraba a aquellos que habían actuado heroicamente. Hoy era un cobarde que quería volver a casa. Admiraba a quienes habían sabido mostrar compasión. Lloraba antes y después de cada combate.

La guerra estaba cerca de terminar. Habían pasado años, pero estábamos tristes. Íbamos a perderla. Yo sólo quería volver a casa.

Cada mañana fusilaban a diez personas del bando perdedor. Oficialmente. Cada mañana morían alrededor de cien compañeros, asesinados o tras insufribles torturas. Unos pocos sobrevivían en cárceles y campos de concentración. Seguíamos en la montaña, ocultos. Algunos días matábamos a dos o tres soldados, un alcalde rebelde o alguien que pudiera delatarnos. Nunca apreté el gatillo pero sabía que daba igual. Sólo quería volver con mi familia, pero sabía que terminaría muerto por un bando o por otro. Seguía siendo un cobarde, pero no quería perderles. No a ellos. Muertos los ideales, eran lo único por lo que seguía vivo.

Un pastor nos proporcionaba alimento e información. Yo hablaba con él mientras me enseñaba a jugar al ajedrez. A veces teníamos que interrumpir nuestras partidas durante semanas. Yo las utilizaba para planear mis movimientos. A pesar de ello, siempre perdía.

Un día, mientras mis compañeros comían yo jugaba al ajedrez. “Huye”, me dijo el pastor. “Creen que es mi padre el que os ayuda. Le van a matar. Esta tarde os delataré. Si no encuentran a nadie nos matarán a mi padre y a mí. No estoy orgulloso de lo que haré, pero tengo que hacerlo. Puedes dispararme ahora mismo o huir. Huye esta noche. Por favor”. Fue la primera vez que conseguí ganar una partida.

Esa noche estaba aterrado. Veía a mis compañeros muriendo a la mañana siguiente. Les veía disparándome por la espalda. Me veía siendo detenido por la Guardia Civil. Tenía miedo. Sabía que era un cobarde y que nunca podría hacerlo. Me veía muerto entre matorrales. No podía moverme. Vi a mi mujer. Imaginé a mi hijo. Corrí.

Escuché que un grupo de rebeldes había sido abatido mientras trataba de llevar a cabo un secuestro. Era mentira, murieron mientras dormían. En el fondo me alegraba por ellos. Les dieron la mejor muerte a la que podíamos aspirar.

Tras cinco o seis meses huyendo y escondiéndome decidí entregarme. Las cosas se habían suavizado y, tal vez, tras un tiempo en la cárcel me soltarían. Pero antes tenía que ver a mi mujer. Tenía que hacerle el amor y pedirle perdón por irme. Quería conocer a mi hijo. Si se pareciera a ella… Sus rasgos eran más elegantes, su sonrisa me había alumbrado cada noche en el frente. La noche que más miedo tuve, la que más lloré fue la que perdí su foto. Aunque era en blanco y negro se podía apreciar perfectamente el color de sus ojos. Mis compañeros decían que estaba loco, pero se apreciaba claramente cómo unos días eran azules y otros grises. Hubo varios días, en febrero, en que eran de un verde que apenas recordaba.

Al abrir la puerta primero estaba desconcertada. Después lloró. Traté de besarla y me hizo entrar. Su mirada era odio y lástima. “Me casé”. Mi mirada era incertidumbre y lágrimas. “Han pasado seis años. Estaba sola y creía que habías muerto. Nuestro hijo iba a cumplir un año y no sabía si estabas vivo. ¿Por qué no diste señales de vida? Pensé que te habrían fusilado. Que estarías en una fosa común”. Su mirada y su voz intentaban aparentar odio hacia mí, hacia ella, hacia el mundo.

Le expliqué que la entendía, que no la guardaba rencor. Me dijo que tenía que irme, que volver sería malo para todos. Que me fuera a un pueblo y empezase una vida nueva. Me dio algo de dinero. Se lo devolví y le pedí una foto. Me prometió que la próxima vez que fusilasen a un grupo de rebeldes iría a identificar un cadáver para que me dieran por muerto. Me besó y se fue.

Estaba solo.

Cuatro meses después seguía sin atreverme a mirar la foto. Pensaba que nunca tendría fuerzas. Estaba agotado. Tenía la sensación de que no había dormido en esos cuatro meses.

Desperté con unos gritos. Un niño de cinco o seis años corría delante de dos policías. Sus ropas estaban destrozadas y no parecía muy sano. Tenía marcas de golpes, producidas probablemente por las porras que blandían los agentes. Quería ayudarle, pero sabía que cualquier contacto con la autoridad significaría la cárcel o la muerte. Me llamé cobarde una y otra vez. Queriendo demostrarle a mi demencia que se equivocaba auné todas las fuerzas que llevaba reuniendo desde hacía cuatro meses y miré la foto. El niño al que perseguían dos policías era mi hijo.

Actué cuando le acorralaron en un callejón. Golpeé con una barra metálica a los guardias, que se desplomaron al instante. Mi hijo (no dejaba de preguntarme cómo se llamaría) miró sus cuerpos caer con sorpresa y se fue sin dirigirme la palabra.

Le seguí sin poder alcanzarle. Le hablé sin que me escuchara. Cuando se paró para cruzar una calle apoyé mi mano en su hombro, pero no reaccionó. No comprendía nada y decidí seguirle.

Descubrí que su hogar estaba hecho de cajas de cartón. Nada más entrar se durmió. Encontré una hoja de periódico. Mi mujer y su marido habían muerto hacía poco en un accidente. Mi hijo sobrevivió.

Traté de despertarle, pero no tuve éxito. Con las primeras luces de la mañana fue a robar una barra de pan. Extraje de las conversaciones que tenía que se había escapado del orfanato.

Tardé mucho tiempo en comprender lo que sucedía. Hacía tanto tiempo que estaba solo que había desaparecido. No existía para nadie. Nadie que me hubiera llegado a conocer seguía vivo. Nadie que alguna vez hubiera oído hablar de mí sabía que yo lo estuviera. Por lo tanto, había desaparecido. Era invisible.

Durante muchos años utilicé este don para ayudarle. Consiguió crecer y hacerse un joven muy apuesto y con cierta predilección por las letras. Yo era feliz. Ya no importaba que fuera un cobarde. Y hace poco llegaste tú.

Cuando te vi pensé en su madre, mi mujer. Me recuerdas a ella en todo, tu forma de moverte, de hablar, de ser. Hasta tenéis el mismo acento. Estabas hecha para él. Os dejé enamoraros y dejé que cuidases de él, porque sabía que lo harías mejor que yo.

Ahora me tengo que ir. Noto que me llega la hora y, después de tanto tiempo, quería que supiera de mí. Que traté de compensar los años que no estuve. Que le eché de menos. Que le echaré de menos Que espero que me recuerde. Que tengo miedo (sigo siendo un cobarde) porque no sé dónde iré ni quién habrá allí. Que no sé porqué, pero sé que leerá esta carta. Que me dio una nueva vida. Que sé que le tratarás bien. Y que le quiero. Que le quiero muchísimo.

Apenas tengo fuerzas. Tengo el tiempo justo de escribir estas líneas e ir al banco donde le vi por primera vez. Es un poco estúpido, pero me h parecido un buen lugar.

¿Sabes? Es curioso, pero, después de escribir esto, aunque sé que voy a morir y todo eso, no tengo miedo. Al final va a resultar que soy valiente.


Palace divagó sobre esto a las 5:31 p. m..

Nombre: Palace
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Mas sobre mi: No hay mucho mas que saber