domingo, septiembre 23, 2007

Antes (Plagio a Benedetti)


Antes,

Soñaba con dormir a tu lado.

Despertaba,

Con la seguridad de haberlo hecho.


Antes,

Pensaba en ti a cada momento.

Te hacía el amor,

Sin que te dieras cuenta.


Antes,

Podía hablar horas contigo.

Y también,

Podía escucharte horas.


Ahora,

Todo es lo mismo.

Y sueño y despierto y pienso.

Y te hago el amor y te hablo y te escucho.


Ahora,

Todo es lo mismo.

Pero tan distinto.


Palace divagó sobre esto a las 1:47 a. m..

miércoles, septiembre 12, 2007

La historia más triste del mundo

Ocho meses después de que escribiera la historia la situación comenzaba a ser insostenible. La mayoría de las personas que tenían empleo habían cogido la baja por depresión y los que no lo habían hecho rendían a un nivel muy bajo. La gente apenas salía a la calle. Los amigos no se veían y las familias no hablaban entre ellas. Poco a poco la tristeza se instaló en el país. Y el gris se seguiría extendiendo por el resto del mundo.

Pero remontémonos un poco en el tiempo. Hasta febrero. Estaba triste. Desconsolado. Parecía que nada fuera a hacerme sonreír otra vez. Quería acabar con todo. Cada vez tenía más fuerza esa idea: irme. Dejar de sufrir. Decidí que lo haría la mañana del dieciocho. Tenía una semana. No quería ver a nadie porque temía que se diesen cuenta de lo que pensaba hacer, así que me encerré en casa. Entonces comencé a escribir. Escribí un cuento sencillo en el que enfoqué toda mi tristeza. A medida que iba avanzando en la historia yo era más feliz y el cuento más triste.

La mañana del dieciocho estaba radiante. Terminé la historia y me di cuenta de que hacía tiempo que era feliz. Primero lo vieron mis amigos más íntimos. Era un cuento muy simple, pero eran también varios años de sentimientos. Entre lágrimas me animaron a que lo publicara.

A los pocos meses el cuento iba por la octava edición. Ganó más de 30 premios. Al principio acudía ilusionado a las galas, pero pronto me aburrí de ver cómo la gente acudía deprimida y apesadumbrada a ellas. El momento de la entrega hacía llorar a cada persona presente en la sala. Terminé tan cansado que dejé de aceptar premios. Ni que decir tiene que eso entristecía a la gente.

A los seis meses el cuento se leía semanalmente en diferentes programas de radio y había tres series de televisión basadas en él. Los fabricantes de pañuelos y de pinturas de color gris se hicieron millonarios. Dos de ellos se suicidaron porque les entristecía ser ricos. Otros tres declararon que no lo hicieron por pena.

Pasados sietes meses había varios equipos trabajando en la traducción del cuento. Trabajaban en equipos. Cada uno se encargaba de un capítulo en concreto para no tener que releer la historia entera. No obstante, solían terminar deshidratados por pasar las ocho horas de su jornada laboral llorando. Además, con las lágrimas no distinguían las letras, por lo que muchos días de trabajo eran inútiles. Esto, por supuesto, les entristecía.

Cuando se acercaba octubre las tiendas habían retirado todo lo que daba pena y no se vendía. Es decir, me alimentaba de tofu y horchata. Durante unos días se permitió la venta de alcaparras, pero los Amigos del Alcaparro, en una protesta simbólica regaron tres de éstos árboles con sus lágrimas. Murieron ahogados. Tres días de luto oficial.

Yo mientras tanto seguía feliz. Me sentía un poco mal porque sabía que había contaminado con mi tristeza a todas esas personas, pero sabía que lo pagaba con creces. Cada vez que salía a la calle la gente era incapaz de controlar el llanto (había alcanzado cierta notoriedad). Yo, para que no se pusieran más tristes me hacía el desgraciado. Eso les entristecía. Un día salí contento y las funerarias no dieron abasto. Creían que lo hacía por ellos, que aguantaba mis sentimientos estoicamente para que no se sintieran mal.

A los nueve meses me llegaron noticias nefastas. En Italia había comenzado el Renacimiento Paupérrimo y en Francia el Sentimentalismo Decadente, ambos basados en mi historia. Lo de los italianos no me molestó mucho, pero es que los pedantes de los franceses era infumable. Analizaban mi obra y dibujaban los traumas de mi pasado. Nunca terminé de entender qué les hizo pensar que yo era homosexual y que tenía complejo de Edipo.

A los diez meses pensé que debería hacer una rueda de prensa mundial. Por un momento creí que conseguí algo bueno cuando todos los gobiernos decidieron poner fin a las guerras, pero hubo manifestaciones en contra. La gente no podía soportar la idea de dejar sin trabajo a los fabricantes de armas.

Cuando la historia cumplió un año desde su primera edición hubo una celebración mundial. Se organizaron fiestas y desfiles en cada ciudad del mundo. No fue nadie. Volviendo a casa por las calles vacías pensaba en cuál sería la solución. Yo, personalmente, tenía ganas de arreglarlo a ostias, pero deseché la idea por irrealizable. Decidí ir a casa del único amigo que había conseguido mantener la calma. Cuando leyó la historia estaba triste, mucho más que yo al escribirla, por lo que no le afectó. Recuerdo sus palabras: “Es una mierda sensiblona.” Tras este año seguía triste, pero cuerdo.

“Haz la segunda parte. Que todo salga bien. Que todos sean felices.” Su idea me pareció buena. (De hecho me dolió no haber sido capaz de pensar en esa solución yo solo). Me puse a ello.

Terminé pronto. La historia era mala, los diálogos nefastos y se desarrollaba toda en el mismo escenario porque no me apetecía hacer descripciones. Funcionó.

Tardé en enterarme porque tenía miedo de que no resultase y me encerré en casa. Me pasaba las horas decidiendo si compraría primero una naranja (que dejaron de comercializarse por el trauma que suponía que algunas fueran dulces y otras no) o una sandía (nunca terminé de comprender el motivo de éstas, pero tenía algo que ver con la reproducción de las zarigüeyas).

Sabía que la distribución llevaría algo de tiempo, independientemente de que nuestro plan diera resultado. No obstante, comenzaba a estar impaciente. Una mañana me desperté con las risas de unos niños. Me asomé por la ventana y les vi jugando al fútbol.

- Chavales

- ¿Si, señor?

- ¿Por qué no os vais a tomar por culo con la pelotita de los cojones?

Me alegré de que todo volviera a la normalidad.


Palace divagó sobre esto a las 11:09 a. m..

Nombre: Palace
Edad: 22
Mas sobre mi: No hay mucho mas que saber