viernes, octubre 05, 2007

Réquiem (Prólogo)

- “Porque la princesa no siempre termina con el trovador”. ¿Te parece que esta es forma de acabar un cuento infantil?

- Me parece una forma original. Tienen que aprender que no todo son finales de comer perdices.

- Mira chaval, sé que no estás en tu mejor momento. Te tengo aprecio y entiendo por lo que estás pasando, pero te pedí un cuento para niños de hasta 8 años. Hoy era la fecha de entrega y me has traído una historia depresiva. Da igual. Te doy tres semanas y lo reescribes, o te inventas algo nuevo, me da igual. Pero esto no lo voy a publicar.

- No lo voy a cambiar.

- ¿Qué?

- Si, es triste, pero es mi Aullido. Y me ha costado convertirlo en un cuento para críos.

- Chico, tú no eres Ginsberg. Tienes unas pautas y has de ceñirte a ellas. Si dejo que editen esto, me cuelgan por las pelotas.

- No es malo.

- No, no es malo. Pero tampoco bueno. Escribes bien, pero no eres García Márquez. Y como tú hay miles de personas. Y muy pocos editan lo que escriben. Y poquísimos tienen un trabajo fijo en una editorial.

- ¿Y si no lo cambio?

- Lo mandaré a los jefes, lo leerán y te dirán que lo cambies. De malas maneras.

- No lo voy a cambiar.

- No seas idiota. Te pueden echar.

- Me da igual. ¿Sabes? Creo que tienes razón. Puede que esto no sea lo mío. Que sólo sea uno más.

- ¿Entonces?

- Mándaselo. Y diles que no lo cambiaré. Y que no hace falta que me despidan, que renuncio.



Y se fue. A cada paso que daba pensaba en volver, pero seguía avanzando. No sabía por qué lo hacía. No era orgullo. No era rabia. Tenía que irse. Irse lejos. Lejos de ella, lejos del trabajo, lejos de él. Lejos de todo.



Llegó a su casa llorando. Estaba nervioso. Nunca había soportado la presión. Las lágrimas dificultaron los trámites. Hizo llamadas, canceló cuentas. Vendió lo que pudo. Cogió todo el dinero que pudo y algo de ropa. Poca, tenía que caber en una mochila. Bolígrafos y un par de cuadernos. Se enfadó consigo mismo por seguir llorando.



Era de noche. El frío y la lluvia le hicieron sentir bien.



Dos meses después había encontrado un título: Réquiem. La misa de los difuntos. Tendría ocho capítulos. Uno por cada persona que encontrase que nunca tendría un réquiem. Uno por cada futuro difunto que en vida fue un trovador sin princesa. Uno por cada persona gris y mediocre que encontrase y mereciera ver su vida escrita. Por ser simple. Porque nunca destacaría. Porque jamás serían felices, ni desgraciados.



Y él sería el prólogo. En tercera persona. No porque quisiera imitar a nadie, o crear un estilo. No porque fuera más o menos fácil escribir de esta forma. Simplemente porque hacía tiempo que veía su vida como si no pudiera controlarla. Como si todo se desarrollase a su alrededor, sin que él importara.



Y por fin, tras dos meses, dejó de llorar. Tenía el mismo miedo. Los mismos nervios. Seguía sin saber si volvería alguna vez a casa. Pero sabía que, tarde o temprano, habría conocido a ocho personas y habría escrito sus historias.


El día era húmedo, aunque no llovía. Notó cómo se secaban las últimas lágrimas. Se dirigió hacia el Este.


Palace divagó sobre esto a las 3:59 p. m..

Nombre: Palace
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Mas sobre mi: No hay mucho mas que saber