jueves, noviembre 29, 2007

Cuento en cinco minutos (Paréntesis y aniversario)


Alejandro Mendoza no podía dormir. Por ello, creía, apenas guardaba recuerdos ya. “No me caben más”, pensaba. No sabía qué había comido o cenado en las últimas semanas, ni recordaba la música que sabía que había escuchado. Creía haber corrido, nadado, saltado y hecho el amor. Tenía el vago recuerdo de haber apagado un fuego y volado en helicóptero, pero no sabía siquiera si todo había sucedido el mismo día, mes o año.

Harto de esta situación, decidió hacer algo. De camino a la biblioteca, donde esperaba encontrar respuestas, visitó a un panadero y dos zapaterías donde vendían canoas a muy buen precio.

Dentro de la biblioteca, un enorme edificio de color morado, no sabía por qué sección empezar: Historia de los cinturones, Cinturones de la historia, Ciencia, religión y cinturones… Abrumado cogió un libro al azar. Al abrirlo, comprendió todo.

A la mañana siguiente, mientras soplaba un fresco viento otoñal, Alejandro Mendoza le decía a su mejor amigo que la noche anterior había soñado que no podía dormir.





El primer día de clase nos mandaron escribir un cuento en cinco minutos. Quería publicar otra historia, pero soy un vago.


Tras cuatro años, supongo que ya os habríais dado cuenta.


Gracias por leerme.


Palace divagó sobre esto a las 8:40 p. m..

domingo, noviembre 11, 2007

Réquiem I (Gerardo García)


- Así que quieres escribir mi historia.

- Si.

- ¿Por qué?

- No lo sé. He encontrado varias personas sobre las que escribir, pero no quería empezar con ellas. Quería que la primera fuera una historia de amor.

- Mi historia no es de amor.

- Si no fuera de amor no estarías aquí.

- ¿Cómo te llamas?

- Beltrán.

- De acuerdo, Beltrán. Puedes escribir mi historia.



Gerardo García recordaba perfectamente el momento en que la vio por primera vez. Estaba seguro de que ella, Lucía, lo recordaba igual que él. Ya había pasado tiempo, así que era probable que no lo hicieran de la misma manera. Más difícil todavía era que sintiese lo mismo al volver, sin querer, a esa tarde de Septiembre. En cualquier caso, y esto era una certeza, tanto Gerardo como Lucía supieron al verse que su historia sería larga. También azul, también diferente. Fresca, agradable, profunda, onírica. Suya.



Y así fue. Durante incontables días (entre mil y dos mil) y momentos (entre uno y dos millones) vivieron la historia de amor más particular. Era como todas, por supuesto, pero diferente. Como todas. Nada era lo mismo sin el otro, pero tampoco con él. Cada día era suyo. Resumiendo (Gerardo se lo pide a Beltrán con voz entrecortada –es casi un ruego-), se querían. Mucho.

Demasiado.

Una mañana Lucía, destrozada, se dio cuenta. Primero lo ocultó, consciente del peligro que tenía ese descubrimiento. Luchó cada día por desecharlo, por hacerlo desaparecer. No pudo.



Era un atardecer bastante común. Bonito, como siempre, pero no especial. La brisa, vigorizante, lo compensaba y lo volvía único.

- Gerardo.

- ¿Si?

- Te quiero.

- Y yo.

- No, cielo, no lo comprendes. Te quiero demasiado.

- Tú también te has dado cuenta…

Lloraron y se hicieron el amor. Durmieron juntos. Abrazados. Lucía odiaba dormir abrazada, pero esa noche no quiso soltar a Gerardo. Hicieron bromas durante el desayuno y las recordaron en el andén. Vieron la llegada del tren con más nervios y angustia que nunca. Esta vez sí prolongaron la despedida. Era la última.



Meses después Lucía no cenó con Pablo. Gerardo había ido a verla. “No debiste” le dijo con ese acento tan particular (“Su voz sonaba como la hierba”). “Lo sé”. Caminaron durante dos días. Las peleas terminaban con risas y, a veces, con besos. Como siempre.

En una plaza que se había vuelto especial por albergar tres de esos millones de momentos se miraron. “Cierra los ojos y cuenta hasta tres. Cuando los abras habré desaparecido para siempre.” Durante el segundo más largo de la historia sus ojos se hicieron el amor por última vez, entre lágrimas. Lucía los cerró. Uno. Dos. Un beso hizo que volvieran a abrirse. “Gerardo…” dijo mientras recordaba cada momento irrepetible. “Por favor…” mientras asumía, una vez más, que nada sería como aquella historia que comenzó una de las primeras tardes de aquel Septiembre. Cerró los ojos otra vez.

Uno.

Dos.

Tres.


La plaza estaba llena de gente y de historias. Era una tarde muy soleada.



Gerardo García nunca supo cómo llegó a aquella calle. De repente, tal vez tras el paso de días o semanas, se encontró sentado en un banco. Decidió no levantarse y recordar cada momento. Tenía millones.





- ¿Dónde irás ahora?

- No lo sé. Supongo que al Norte.

- ¿A buscar otra historia?

- Si. Pero no de amor.

- La mía no es de amor… Es algo más. O menos. Pero no es sólo amor…

- Si, supongo que tienes razón.


Palace divagó sobre esto a las 3:01 p. m..

Nombre: Palace
Edad: 22
Mas sobre mi: No hay mucho mas que saber